Erase un viejo campo, mediados de abril, cuando el otoño ahogaba los recuerdos en hojas y vientos cálidos… Como decía, erase en un viejo campo, cuando aquel acto se concretó, cuando el de corbata traicionó a los menos favorecidos y cuando aquellos por impotencia corrieron como fieras al ataque, intentando poder olvidar y renacer en medio de una profunda decepción. Nunca se supo cómo fue, ni cómo pasó, pero se sabe bien en el pueblo, que sucedió. Las lenguas blasfemaron y hasta mataron, pero no había nadie que pudiera acabar con aquella corrupción. Eran tiempos tristes, de calma y de soledad, pero de miedo. Por eso fue que aquel niño se mató, algunas decían y que también por eso el ganado se fue. Dicen, dicen dicen pero nadie grita. Todos susurran al oído del otro intentando prender en aquel un fuego de revolución, de cambio, pero lo único que prenden es el incendio del dicho mal hablado. Pero esa es otra historia, como dicen algunos políticos.
La historia, nuestra historia, no se hiso con reuniones de té o círculos elegantes. Nuestra historia se hiso con la palabra y con la espada dejando rastros de sangre en el camino del progreso. Porque la historia se puede estudiar, analizar y hasta criticar, pero para vivirla hay que correr el riesgo que la misma conlleva, el riesgo de la decisión y de la libertad, porque es fácil hacer lo que las masas gritan pero difícil es hacer lo que las convicciones de uno mismo dictan. Pero no hablaremos tampoco de revoluciones aquí.
El viento golpea la ventana de la habitación provocando un clima de ansiedad. Siento cómo los recuerdos se van junto con las hojas del árbol y cómo las voces se entrelazan para mentir, para blasfemar y para juzgar. Siento el frío de la incertidumbre en mí, pero no permito que me impida proseguir porque tengo la esperanza de que un no sé quien vaya a saber interpretar lo escrito, pero de nada vale interpretar si no se despierta es aquel fulano el sentimiento de pensar, de analizar y de cambiar las cosas. Porque el mundo puede ser una cosa, pero lo que nos pasa es otra. Pero tampoco hablaré de mis deseos y anhelos, porque eso a nadie le importa más que a mi subconsciente.
El campo se llenó de hojas, a tal punto que no veo la luz del sol, ¿será la decepción que me causó aquella traición? o ¿será mi miedo al ver un “mañana”? Creo que no lo sé, digo creo porque no quiero marcar decisión, sólo pensamiento. Y a todo esto el sol se está escondiendo, y aún no puedo transcribir mi miedo, mi temor, mi ansiedad... Creo que inevitable tenerle miedo a él, al de traje y corbata, al que miente y traiciona, al que exige pero no cumple. Es inevitable sonreír en esta casa donde la necesidad de comer se hace cada día mayor y nadie sabe qué hacer. Pedimos, pero nos miran con los ojos de la piedad, con los ojos de la incertidumbre y deciden así mirar hacia otro lado, fingiendo desconocimiento. Pero escribo más que nada, para que alguien sepa que existí, para que alguien sepa que existió un fulano en la Argentina que no era feliz.
Y de pronto siento pasos… silencio. Pero se van alejando, así como mi fe. Siento frío en las manos y en los pies, como nunca me siento blanco, pálido, como un fantasma. ¿Eso es lo que fui siempre? ¿Un fantasma? Espero saberlo algún día. Siento ruidos abajo, creo que nos han encontrado, pero debo seguir escribiendo. Estoy paralizado, al campo han llegado y con fuego están matando. Nos matan y nos pegan cada día, por la noche morimos de ansiedad y de frío y por el día renacemos por obligación… por casualidad, pero aquí termina el deber.
Tendido en el suelo me quedé, mirando por la puerta rota cómo el viento se llevaba las hojas de vida, mientras sentía frío. De a poco me fui callando, creyendo que ahora por fin feliz sería. Ya no más obligaciones ni deberes, se concretó lo que desee siempre, lo que quise por infelicidad pero que por obligación no se concretaba. Y aquí se terminó todo, dejando este mundo sonriente y feliz, con la esperanza de un día renacer y poder vivir por deseo y no por casualidad.
Erase un viejo campo, mediados de abril, cuando el otoño ahogaba los recuerdos en hojas y vientos cálidos.
MJ |